Por: José Amador, Director del Periódico Alta Gama
Si alguien tenía dudas sobre por qué el proyecto presidencial de Abel Martínez fracasó, basta con ver su entrevista con Cavada.
La entrevista de Abel Martínez con Roberto Cavada quedará en la historia como un verdadero desastre político. Si alguien tenía dudas sobre por qué su proyecto presidencial fracasó, bastó con ver su desempeño en televisión para entenderlo. No fue una entrevista, fue un monólogo de excusas, victimización y evasión de responsabilidades.
Martínez, en lugar de hacer una autocrítica sincera, se dedicó a culpar a todo el mundo: a la dirigencia del PLD, a los estrategas de campaña, a las alianzas, a los que no trabajaron suficiente, a los que hablaron demasiado. Pero nunca asumió que su prepotencia, su falta de humildad y su desconexión con la realidad política fueron las verdaderas razones de su estrepitoso fracaso.
El exalcalde de Santiago intentó usar metáforas para disfrazar su derrota con la famosa frase: “El problema no fue el gallo, sino el gallinero”. Pero la verdad es que el gallo nunca supo cantar. Su candidatura nunca logró inspirar confianza ni dentro ni fuera de su partido. Desde el principio, su campaña estuvo marcada por la falta de conexión con la base del PLD, por denuncias de maltratos y actitudes autoritarias que hicieron imposible que su propio equipo creyera en él.
Martínez se queja de que lo dejaron solo, pero no se pregunta por qué. La respuesta es sencilla: porque nunca fue un líder que uniera, sino uno que dividía. Se mostró arrogante, incapaz de aceptar críticas y con una visión elitista que no representa los intereses de la mayoría.
Además, resulta irónico que ahora hable de fortalecer la democracia interna del PLD cuando en su momento impuso su candidatura sin generar el consenso necesario. ¿Cómo pretende reconstruir un partido cuando ni siquiera pudo mantener unido su propio equipo de campaña?
Su intento de lavarse las manos y responsabilizar a otros de su fracaso lo deja como un político desconectado de la realidad. Un líder verdadero no llora por lo que no le dieron; se levanta, asume sus errores y trabaja para corregirlos. Pero Abel Martínez prefirió culpar al mundo entero en una entrevista que pasará a la historia como un manual de lo que no se debe hacer en política.
Si el PLD quiere recuperar su fuerza en el 2028, necesita un liderazgo renovado, con visión y humildad. No con políticos que, después de fracasar, siguen buscando excusas en lugar de soluciones.




















