Por Roberto Rojas
Han pasado 27 años desde que partió físicamente el doctor José Francisco Peña Gómez, pero su legado sigue vivo, intacto, latiendo en el corazón del pueblo dominicano. No fue un simple político: fue un fenómeno social, un símbolo de lucha, humildad y compromiso.
Desde su juventud, se entregó por entero a las causas del pueblo. Fue un orador prodigioso, un líder natural, un servidor público que nunca se alejó de la gente. Como alcalde del Distrito Nacional, como conductor de masas, como tribuno de la democracia, Peña Gómez demostró que se puede hacer política con principios, con pasión y con amor por la patria.
A pesar de no haber llegado a la presidencia, su grandeza no tuvo límites. Su ejemplo nos sigue inspirando y su ausencia aún se siente. Hoy más que nunca, el país necesita figuras como él: honestas, valientes y cercanas al pueblo.
Sus discursos en el Puente de la 17, en plazas públicas y en mítines históricos eran seguidos por el pueblo por amor y por creer en sus palabras. No prometía imposibles, ofrecía convicciones. No ofrecía cheques ni dádivas, entregaba ideas. Fue, sin duda, el más grande conductor de masas que ha tenido el país.
El doctor Peña Gómez vive en cada dominicano que cree en la democracia, en cada joven que sueña con un país justo, en cada comunidad que exige dignidad. Su legado no se mide en cargos ni en títulos, sino en el amor que aún se le profesa en cada rincón del país.
Peña Gómez no ha sido reemplazado, porque los gigantes como él son irreemplazables.




















