Por José Amador, director del periódico Alta Gama
En la política dominicana, las alianzas se han convertido en un instrumento clave para alcanzar el poder. Sin embargo, no todas las alianzas parecen tener el mismo valor cuando se trata de la repartición de posiciones en el Gobierno. Un claro ejemplo de esto es la diferencia en el trato recibido por dos aliados del oficialismo: el Partido Revolucionario Social Demócrata (PRSD) y el Partido Cívico Renovador (PCR).
Ambas organizaciones hicieron su aporte en las pasadas elecciones presidenciales, con el PRSD sumando un 0.65% y el PCR un 0.61% de los votos que contribuyeron a la victoria del presidente Luis Abinader. La diferencia en estos porcentajes es mínima, pero la diferencia en el reconocimiento recibido es abismal. Mientras Luis Miguel De Camps, presidente del PRSD, fue nombrado como ministro de Educación , Jorge Zorrilla Ozona, líder del PCR, sigue esperando su turno, enfrentando no solo la incertidumbre, sino también burlas en redes sociales por su visible desesperación por un nombramiento que nunca llega.
Esto nos lleva a una pregunta crucial: ¿vale la pena la lealtad en la política dominicana? En un sistema donde el pragmatismo parece pesar más que los principios, muchos líderes políticos han aprendido que su respaldo no siempre es retribuido de manera equitativa. El caso de Zorrilla Ozuna es una clara muestra de cómo el peso político de un partido o la cercanía personal con el círculo de poder pueden ser más determinantes que los números fríos de los votos aportados.
El presidente del PCR tiene dos caminos: seguir esperando con paciencia o asumir una postura más firme para exigir el reconocimiento que considera merecer. Su situación deja una lección importante para todos los actores políticos: en la lucha por el poder, no basta con ser leal, también hay que saber jugar con astucia. La política es un tablero donde quienes no saben mover sus fichas terminan siendo meros espectadores de los logros de otros.




















