Por/ José Soliman/ subdirector del Periódico Alta Gama
La oposición de República Dominicana se encuentra en un momento de desorientación palpable. El ascenso al poder de Luis Abinader a la presidencia ha marcado un punto de inflexión en la política del país, presentando un desafío sin precedentes para los partidos de oposición, especialmente para el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) y la Fuerza del Pueblo.
La desorientación de la oposición radica en la naturaleza misma de la presidencia de Abinader. Es innegable que su estilo y enfoque difieren notablemente de los líderes políticos anteriores. Abinader se ha destacado como un presidente honesto y comprometido con erradicar la corrupción, un problema arraigado en la política dominicana durante décadas. Su firme postura contra la corrupción ha resonado con gran parte de la población, que anhela un cambio genuino y transparente en el liderazgo político.
Además, la voluntad de Abinader de trabajar en estrecha colaboración con el pueblo dominicano ha generado un fuerte vínculo emocional con los ciudadanos, especialmente con aquellos en situación de vulnerabilidad económica. Su enfoque centrado en los pobres y su compromiso con mejorar las condiciones de vida de los dominicanos más necesitados han sido pilares fundamentales de su presidencia hasta el momento.
Ante este escenario, tanto el PLD como la Fuerza del Pueblo se enfrentan a un dilema estratégico crucial. La vieja guardia política, representada por el PLD y su candidato Abel Martínez, así como la fuerza emergente encabezada por Leonel Fernández, se encuentran en una encrucijada. Sus enfoques políticos tradicionales pueden no ser suficientes para contrarrestar la popularidad y la eficacia del gobierno de Abinader.
Para la oposición, el desafío radica en la necesidad de adaptarse a esta nueva realidad política. Ya no basta con simplemente criticar al gobierno en el poder; es imprescindible ofrecer una alternativa creíble y atractiva para los ciudadanos dominicanos. Esto requiere no solo la formulación de políticas sólidas y pragmáticas, sino también una conexión genuina con las preocupaciones y aspiraciones del pueblo.
Es hora de que la oposición abandone las estrategias obsoletas y se reinvente. Esto implica un compromiso renovado con la transparencia y la integridad.




















