Por Roberto Rojas
“Haití necesita ayuda ahora. República Dominicana necesita respaldo ahora. Y la comunidad internacional necesita despertar ahora.”
La crisis en Haití ha escalado a niveles que ya no se pueden describir con simples palabras; hoy, la propia Oficina de Derechos Humanos de la ONU la califica como un “cataclismo” humano. Más de 5,600 muertes violentas solo en 2024, más de 800,000 desplazados internos, hospitales cerrados por ataques de bandas, una infancia secuestrada por la criminalidad… Haití se desangra a plena luz del día ante los ojos del mundo.
En este contexto, República Dominicana, que ha sido históricamente solidaria con su vecino, hoy enfrenta una realidad ineludible: ya no puede cargar sola con las consecuencias del colapso haitiano. Nuestra frontera está controlada gracias a la visión del presidente Luis Abinader, quien ha impulsado la construcción de un muro y el aumento de la seguridad, mientras miles de haitianos huyen del horror buscando un refugio que nuestra economía, nuestros servicios públicos y nuestra propia estabilidad social no pueden seguir garantizando indefinidamente.
La República Dominicana está haciendo lo que puede, y aún más, pero no es, ni puede ser, el único bastión ante esta tragedia humana. No podemos permitir que la falta de acción internacional convierta a nuestro país en el único responsable de una crisis que exige soluciones globales.
El anuncio del Consejo Presidencial de Transición de Haití, proyectando elecciones para finales de 2025, es un intento desesperado de dar alguna esperanza. Sin embargo, entre la violencia de las pandillas, el desplazamiento masivo y las luchas internas del propio gobierno de transición, ese calendario electoral parece más un deseo que una meta realista.
Mientras tanto, organizaciones humanitarias como Médicos Sin Fronteras y la Cruz Roja abandonan sus puestos debido a la inseguridad. La infancia haitiana, reclutada a la fuerza por las bandas, representa una generación entera condenada al caos si no actuamos.
La Comunidad del Caribe (Caricom) muestra un optimismo cauteloso, pero el tiempo corre en contra de Haití. El compromiso debe ser real, urgente y sin titubeos. La comunidad internacional, especialmente aquellos países con mayor responsabilidad histórica y capacidad económica, debe asumir su parte. No se trata de caridad; se trata de responsabilidad moral y de preservar la estabilidad regional.
República Dominicana ha sido solidaria. Ha sido paciente. Ha sido generosa. Pero ese peso ya es insostenible.
No podemos seguir viendo cómo la tragedia haitiana se convierte en una bomba de tiempo también para nuestro propio país. La única salida digna y humana es una acción internacional inmediata que ayude a restaurar el orden, garantice asistencia humanitaria real y siente las bases para una recuperación institucional sólida.




















