Por José Amador – Director del Periódico Alta Gama
El cambio prometido en el 2020 llegó de la mano de Luis Abinader. Han pasado ya cinco años desde su llegada al Palacio Nacional y, como todo gobierno, su gestión ha estado marcada por luces y sombras. Sin embargo, el balance general parece inclinarse hacia el lado luminoso.
Abinader recibió un país en un momento de incertidumbre global, con la pandemia de COVID-19 en pleno desarrollo y una economía golpeada. Contra muchos pronósticos, logró mantener la estabilidad macroeconómica, atraer inversiones millonarias y proyectar una imagen de República Dominicana como destino confiable para el capital extranjero. En términos políticos, refrescó el estilo de gobierno: más cercano, más accesible, más humano.
Por primera vez en mucho tiempo, el presidente dejó de ser una figura casi mítica y distante. Con su trato directo, sus encuentros semanales con la prensa y su disposición a responder preguntas sin filtros, rompió con la tradición de mandatarios inaccesibles. Abinader ha transmitido la idea de que un presidente es, ante todo, un ciudadano encargado de administrar los recursos públicos, y no una figura sacrosanta por encima de los demás.
Estas son sus luces: estabilidad económica, apertura política y cercanía ciudadana. Pero no todo ha sido perfecto. Su gestión ha enfrentado serias dificultades con algunos funcionarios que no han estado a la altura de las exigencias del cargo. Además, la estrategia de comunicación desde el Palacio Nacional ha dejado mucho que desear; logros importantes no han sido suficientemente difundidos o explicados, lo que ha impedido que la población valore en su justa dimensión ciertos avances.
En el terreno económico, las críticas más fuertes apuntan al endeudamiento. Abinader ha llevado la deuda pública a niveles sin precedentes, justificando esta decisión como una respuesta necesaria a crisis externas: la pandemia, la inflación global, el encarecimiento de materias primas y las tensiones geopolíticas. En su defensa, ha logrado mantener el crecimiento y evitar un descalabro financiero, pero el peso de la deuda quedará como uno de los grandes retos para las próximas administraciones.
En resumen, el quinquenio de Luis Abinader ha sido un periodo de transformaciones importantes, donde el cambio no solo ha estado en las cifras macroeconómicas, sino en el estilo mismo de gobernar. Si bien sus sombras —particularmente la deuda y ciertas deficiencias administrativas— no pueden ignorarse, sus luces han marcado un rumbo que, para muchos, representa un paso hacia una política más abierta y ciudadana. El tiempo dirá si esa luz es suficiente para iluminar el camino que falta por recorrer.




















